Pocos volcanes te dejan mirar el fuego de frente. El Villarrica sí. Su cono nevado se alza perfecto sobre el lago, y quienes suben con crampones hasta el cráter se asoman a algo que casi nadie ve en la vida: lava incandescente respirando dentro de la tierra. De día es una postal; de noche, cuando el resplandor rojo tiñe el humo, es inolvidable. A sus pies, Pucón espera con aguas termales para los músculos cansados.
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