En medio del lago navegable más alto del mundo, una isla que los incas consideraban el lugar donde nació el sol. Caminás por senderos de piedra que tienen siglos, entre terrazas, ruinas y comunidades aymaras que aún viven como antes. No hay autos ni ruido: solo el azul profundo del Titicaca, el aire delgado de los 3.800 metros y la cordillera Real recortada en el horizonte. Un lugar para llegar despacio y quedarse.
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