Uno de los volcanes más activos del mundo, en erupción casi constante desde 2002. No se sube — sería suicida — pero se contempla: sus columnas de lava, ceniza y fuego son visibles desde Antigua, y de noche, desde el campamento del Acatenango, regala uno de los espectáculos más sobrecogedores de América. La tierra recordándote que está viva.
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